Antes de salir, y como no podía ser de otra forma, hicimos la última excursión al Uchumi para comprar cositas para el camino y alguna que otra cosa para casa.
Charles & co. nos llevaron al aeropuerto y a partir de ahí la imaginación y el buen humor hicieron del primer vuelo un viaje muy ameno.
Estas son una ideas de cómo hacerlo.
Por cierto, MAL muy mal Qatar Airways por poner cilantro en los tres platos que ofrecían para comer. Bien la azafata que se preocupó por ello y tomó nota de este desastre culinario. I hate cilantro.
Una vez en Doha, y con más de siete horas de espera por delante decidimos hacer una visita a la ciudad. Por algo más de 20 euros de visado (se paga al momento con tarjeta de crédito) y unos 10 euros por persona de taxi nos atrevimos a salir a un ambiente de unos 37 grados con un porcentaje de humedad del 70-80%. Un infierno que unos llevaron mejor que otros.
Nos dieron un paseo fugaz en taxi por la zona de los rascacielos. Había oscurecido ya en Doha así que gracias a que los edificios estaban iluminados pudimos disfrutar de unas vistas increibles de su skyline de noche. Eso sí, costó lo suyo que alguna foto saliera decente.
Después nos fuimos a dar una vuelta por el zoco, que está abierto hasta las 5 de la madrugada. El calor era insoportable, la humedad peor aún, y menos mal que el zoco tiene aire acondicinado porque si no creo que habríamos durado muy poco por allí.
Tuve la suerte de poder coincidir con Chema, un amigo de Madrid que vive en Doha con su familia desde hace unos meses, que nos llevó a un restaurante libanés muy chulo. Cenamos muy bien y mucho.
Tocaba volver al aeropuerto y lo hicimos con tiempo. La espera hasta el siguiente vuelo fue larga, pero no se me olvidará nunca la siguiente imagen: los siete sentados o tumbados en el suelo, en el pasillo al lado de la puerta de embarque, cantando a lo grupo scout católico "nampenda, mbwana Jesu nampenda". Las caras y las sonrisas del resto de los pasajeros lo decían todo. Cómo me lo pasé!
Una vez en el avión y con el estómago lleno de comida libanesa no nos quedó otra que dormir. Todos caímos rápido.
El vuelo nocturno se hizo relativamente corto, siempre intentando encontrar una postura semi-cómoda durante la que poder seguir dormitando hasta que llegó el desayuno y el puntual aterrizaje en Barajas.
Con la tranquilidad de haber llegado y la penita que todos llevábamos dentro porque el fin de nuestra experiencia keniata estaba muy próximo, los sentimientos encontrados nos acompañaron por el aeropuerto. Y cómo no, seguimos cantando nuestro ya famoso "nampenda.." en el tren que une la T4S y la T4.





















































