Fue un día muy intenso y emocional. Creo que me salvó que gran parte del día la pasé en cocina, dónde no estaba tanto tiempo en contacto con los niños.
Llegamos por la mañana como todos los días, pero con el corazón en un puño, sabiendo que era el día del adiós. Nada mas llegar al centro y dejar las cosas en la nuestra salita, me acerque a la unidad de los más peques discapacitados. Me asomé por una de las ventanas del contenedor que sirve de aula, les miré, les saludé uno a uno por su nombre y sólo la idea de no volverles a ver al día siguiente hizo que se me saltaran las lágrimas. Y ahí comenzó un no parar.
Pasé a la clase de los especiales. La mayor parte de ellos no entendía que era nuestro último día, son muy pequeños o con una discapacidad que les impide entenderlo, pero algo sí sentían. Debían de sentir algo especial porque desde que entramos en su aula no pararon de abrazarnos y darnos besos, y de mirarnos con esos ojos y esas miradas tan diferentes que ellos tienen. Me podría haber quedado horas y horas con ellos: con Moha, con Georgi, Milka, Papa.. Con todos, incluso con Llorro que te puede llevar al límite con sus trastadas pero al que perdonas de inmediato cuando te mira con ojitos de perdón y te come a besos. Fue muy emotivo, con risas mezcladas con lágrimas, necesitando más de dos brazos para poder abrazarlos a todos y queriendo parar el tiempo, para no tener que dejar de hacerlo.
Con Georgi, Moja, Llorro y Christopher
Las horas en la cocina con Grace, María, Queltxa, Iñigo y Daniel pasaron rápido. Había que preparar la comida para los más peques y para los mayores y adultos, a los que ese día nos tocaba comida especial de despedida. No hay muchas posibilidades de cocinar algo excepcional en esa cocina que consta de dos fuegos a base de carbón y de "sufurias", ollas sin asas en las que se cocina todo, pero sí hicimos algo distinto y fue la primera vez que cocinamos carne en las tres semanas que estuvimos allí.
Por suerte nos libramos del ugali en nuestro último día. Habíamos llevado las tortillas hechas el día anterior y unos bizcochos comprados en el Uchumi, así que la comida, con todo el staff del centro y nosotros voluntarios alrededor de la mesa sí que consiguió el toque de despedida. Palabras de despedida y agradecimiento por parte de varias personas durante el postre, y yo con un nudo en la garganta que lo máximo que me permitió decir fue un "I can't speak".
El resto de la tarde transcurrió entre más abrazos y mini-despedidas personales, organización de foto de grupo, y tratando de hacer fotos con los ojos para guardar en la memoria cada persona y esquina de Songa.
Como si el cielo se hubiera contagiado de nuestras emociones, y después de un día espectacular durante el cual el cielo lució azul la mayor parte del tiempo, justo a la hora prevista de nuestra salida se tiñó de gris oscuro y empezó a llover. Tormenta. Nos metimos todos debajo del pequeño tejado que cubre la zona del day-care y ahí esperamos a que amainara entre canciones, largos abrazos, lágrimas, risas y niños agarrados a nuestras piernas diciendo "don't go to Spain". Fue muy duro. Me marcaron las lágrimas de Marco, un niño tímido que todos los días me chocaba los cinco y me pidió en alguna ocasión que le sacara fotos. Quiso aguantar, y durante mucho tiempo nos miraba desde la distancia, pero ya no pudo más y rompió a llorar cuando nos dimos un abrazo. Y de Mary, que estuvo un buen rato riéndose de las lágrimas ajenas y al final también se rindió. Moha iba a lo suyo. No se soltaba, me abrazaba como si supiese que no iba a haber más abrazos, pero luego me miraba y se reía como un loco, y me hacía salir de esa angustia en la que ya estaba metida. Mirarles a los ojos y pensar qué va a ser de estos niños me superaba.
La mitad del grupo se fue para casa en cuanto paró un poco la lluvia, otros nos quedamos esperando el pedido de camisetas del centro que decían que estaba al llegar y no llegó. Durante ese rato cantamos, charlamos y pudimos disfrutar de un maravilloso arcoiris doble que salió tras la tormenta. Me encantan los arcoiris. Calma.
La idea inicial era que el momento de la despedida fuese rápido, pero no se puede predecir la reacción del cielo.
Nos fuimos tristes. Echando ahora la vista atrás yo creo que me encontraba en un estado de shock durante el camino a casa. Adiós Songa, adiós niños, adiós amigos. Espero veros de nuevo pronto. Gracias por todo lo que me habéis dado, por haberme permitido vivir y compartir esta maravillosa experiencia con todos vosotros. Llevaré siempre dentro de mí un pedacito de cada uno.
Asante sana.











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